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Gerontología

Portada » Blog » Entre la responsabilidad y la obligación: por qué cuidar de nuestros padres nos genera un debate moral

Entre la responsabilidad y la obligación: por qué cuidar de nuestros padres nos genera un debate moral

  • publicado por Félix Eduardo Nallim
  • Categorías Gerontología
  • Fecha 2 junio, 2026
  • Comentarios 0 Comentarios

Cuando llega el momento de atender a alguien cercano, además de los problemas económicos y de horarios fruto de un mundo acelerado, aparecen el agotamiento y las dudas sobre si se está haciendo lo correcto. El malestar y la culpa son respuestas naturales ante una situación difícil de abordar individualmente

Algo tan inevitable como la vejez aparece inesperadamente. Como si una de las pocas certezas con las que contamos, el envejecimiento de alguien muy cercano, resultase una sorpresa desagradable. Juana, de 47 años, se apuntó a crossfitpoco después de descubrir que su madre ya no era capaz de valerse por sí misma. “Necesitaba hacer algo que me dejase la mente en blanco durante un rato, antes de ir a cuidarla”. Paula, de 42, está deseando ir a trabajar después de acompañar a su padre durante sus largas estancias hospitalarias. Y Miguel Ángel, de 63, lleva más de una década acudiendo a diario a una residencia a unos cincuenta kilómetros de su casa para visitar a su madre, que supera los 100 años. Bromea diciendo que cualquier día él también se quedará allí.

“Que la vejez no se nos revele como un acontecimiento vital evidente y natural dice mucho de nosotras como sociedad, y de la manera en que sigue siendo un tabú”, recuerda Júlia Peró, autora de Olor a hormiga, una novela sobre una anciana y su cuidadora, escrita tras la convivencia de la escritora con su abuela durante la adolescencia. Es casi un tópico: cuidar resulta cada vez más difícil de gestionar a nivel logístico porque en un mundo acelerado escasean el tiempo y los recursos. A principios de mayo, al autora Aixa de la Cruz escribía en una columna en EL PAÍS que muchas personas de su edad querrían abandonar sus empleos para dedicarse “a cuidar de cosas vivas y a estudiar lo necesario para sostenerlas”, pero también se ha complicado a nivel psicológico. Al fin y al cabo, todo parece empujarnos a invisibilizar también nuestro propio envejecimiento. “Poca gente quiere llegar ahí”, sostiene Peró. “Si somos honestas con nosotras mismas, el bótox, el control nutricional o el ejercicio físico pueden leerse también como intentos de retrasar lo inevitable. Además, cuando quienes nos rodean empiezan a envejecer, eso nos obliga a formularnos preguntas difíciles de responder: ‘¿Cómo me cuidarán cuando yo no pueda hacerlo?’, ‘¿quién lo hará?’, ‘¿estoy preparada para llegar a ese estado de vulnerabilidad?”.

Y eso es solo el principio. Cuando llega el momento de atender a alguien cercano, además de los problemas económicos y de horarios y de esas preguntas sobre el futuro, aparecen el agotamiento y muchas dudas sobre si lo que se está haciendo es lo correcto; si es suficiente, si es una responsabilidad personal o si las tareas deberían estar más repartidas (entre los miembros de la familia o entre toda la sociedad). Durante las dos o tres últimas décadas, tras el llamado “giro afectivo” de las ciencias sociales y la cuarta ola del feminismo, se ha hablado mucho de “poner los cuidados en el centro”, pero la distancia entre la teoría y la práctica sigue suponiendo un abismo casi insalvable.

¿Un deber personal o colectivo?

En España, es habitual que algunos ciudadanos afortunados, que hasta el momento habían llevado una vida sin sobresaltos, constaten las grietas del sistema justo cuando afrontan el cuidado de sus padres. Por ejemplo, faltan plazas en residencias públicas. “Una de las cosas que se descubren es la interdependencia, el hecho de que no podemos vivir sin una red de cuidados, tanto públicos como de nuestros entornos cercanos”, explica Javier Erro, psicólogo y autor de El malestar es otra cosa. “Hay que reivindicar los cuidados, pero sin negar sus dificultades: estar ahí para otra persona es un momento de existencia compartida especialmente intenso, hay una vulnerabilidad, una herida y un convertirse en necesario. Puede ser abrumador y bonito al mismo tiempo”, continúa.

En su ensayo Arqueología de los cuidados: ¿Inventó el feminismo la revolución de los afectos?, la filósofa Mercedes López Mateo pone el foco en algunas de las dificultades mencionadas. También plantea la hipótesis de que quizá se ha dado una definición demasiado angelical de los cuidados: “Cualquier mínimo gesto se traducía en un juicio de valor muy radical: si cuidas, automáticamente eres una persona maravillosa; mientras que quien no ejerciera esos cuidados sería socialmente condenado y categorizado como mal amigo, mal hijo…”, comenta la autora. Frente a los análisis de los cuidados como una entrega altruista, generosa y desinteresada, la filósofa resalta sus aristas: “Existe un resquicio último de nuestra identidad que solo se nos revela cuando nos ponen contra las cuerdas: cuánto somos capaces de responsabilizarnos del dolor de los demás, hasta dónde nos creemos verdaderamente lo que nos han contado toda la vida acerca del perdón o cuánto estamos dispuestos a renunciar de nuestra comodidad por el bien ajeno”.

Responsabilidad y la obligación
Hay que reivindicar los cuidados, pero sin negar sus dificultades: estar ahí para otra persona es un momento de existencia compartida especialmente intenso que puede ser abrumador y bonito al mismo tiempo.Maskot (Getty Images/Maskot)

“¿Cómo prepararse para esos momentos —con suerte limitados— en la vida, en los que nuestra humanidad es puesta a prueba?”, se pregunta López. “Entender que es una obligación no significa suspender el juicio ni que deje de ser incómodo o agotador. Significa que, quizá, podemos dejar de frustrarnos en esos momentos en los que cuidar no produce satisfacción y lo hacemos a regañadientes, porque efectivamente los deberes también son un peso. Tenemos toda clase de responsabilidades en nuestra vida que no siempre resultan apetecibles, pero que hacemos sin tanto sufrimiento porque entendemos que no todo es blanco o negro, que son actos necesarios”, asegura.

Erro confirma que es imposible suspender los juicios negativos, al menos, no sin cambiar el modo en que pensamos colectivamente la experiencia de sufrimiento (propio o ajeno) y los significados que le asociamos. “Parece que el malestar solo debe producir malestar, que no hay otra opción que eliminarlo o reducirlo, y que el resto de opciones son insuficientes, incorrectas o parciales”, señala el psicólogo, que también cree que aparecen algunas oportunidades en algo que, a priori, es una carga. “El padecimiento y la vulnerabilidad pueden producir también momentos de comunidad afectiva, situaciones de reflexión profunda, un replanteamiento importante de la vida y la sociedad, un estrechamiento de lazos… El sufrimiento continúa, pero seguro que lo hace de un modo distinto tras articular estas posibilidades”.

Las dos direcciones de la culpa

Varias de las personas consultadas hablan de las dos direcciones que adopta la culpa cuando el cuidado de un familiar se alarga. Por un lado, siempre piensan que podrían hacer algo más y, por otro, cuando están al borde de sus fuerzas, no se permiten una “satisfacción” personal que les parecería egoísta. Este segundo sentimiento parte tanto del reconocimiento ajeno (“has hecho lo que necesitabas hacer”) que se recibe con escepticismo, como de la “medalla de la autosatisfacción” que hay quien considera “repugnante cuando solo has hecho lo que tenías que hacer”.

Erro reconoce en estas aparentes paradojas el resquebrajamiento de algunos viejos imperativos, porque los cuidadores ya no asumen irreflexivamente que están cumpliendo con una obligación. “Está bien que sea así. El cuidado no debe ser considerado una cuestión moral, no debe ser impuesto ni obligado, sino la continuación lógica de una relación buena. Todavía está por ver qué va pasando a medida que se va erosionando esta obligación moral: si el cuidado pasa a ser una cuestión más bien ética, es decir, una manera de intentar hacer algo bueno, escogiéndolo libremente y de la mejor manera que sepamos, o si el cuidado pasa a externalizarse y recaer en instituciones y dispositivos profesionales”.

El cuidado no debe ser una obligación
El cuidado no debe ser considerado una cuestión moral, no debe ser impuesto ni obligado, sino la continuación lógica de una relación buena.PIKSEL (Getty Images)

Esta naturaleza bifurcada, entre lo íntimo y lo público, muchas veces implica frustración, cuando se comprueba que no existen las estructuras suficientes para cuidar de nuestros mayores o estas han sido privatizadas. “No hemos llegado a grandes consensos al respecto como sociedad. Todavía no hemos hecho la reflexión correspondiente sobre si el cuidado es una obligación o si es algo que depende únicamente de nuestra voluntad. ¿Cómo vamos a reclamar al Estado que se haga cargo de nuestros mayores si todavía no hemos decidido si el cuidado es algo que se pueda exigir?”, reflexiona López.

Peró tiene claro que si esto sucede es porque debatir sobre los cuidados interesa más que llevarlos a la práctica. En este sentido, el enfoque del feminismo continúa resultando el más revelador: “Que los hombres reconozcan ahora que los afectos son fundamentales y que las emociones habitan también la vida pública quizá sea algo nuevo en lo teórico”, comenta. “Pero las mujeres ya lo habían llevado, y lo siguen llevando, a la práctica cada día. Los cuidados siguen siendo una labor feminizada, y es evidente también que a poca gente le interesa que eso cambie, porque implicaría una transformación social a gran escala. Cuando algo no cambia, es porque a alguien con más tiempo que tú no le interesa”, zanja la autora.

Así que tanto el malestar como la culpa (en una u otra dirección) son respuestas naturales ante un problema muy difícil de abordar individualmente. Por eso Erro insiste: “La inquietud y el desborde pueden politizarse y desplegar posibilidades individuales y colectivas. Solo con unas nos quedamos a medias. Hay que disputar la idea de la politización. No es una estrategia para atraer el voto hacia un partido, ni una forma de manipulación emocional. La politización debería ser una forma de involucrarse en los asuntos colectivos y de la vida en común. Nuestro padecimiento puede y debe tener resonancias sobre el modo en que nos organizamos”. Con una media de edad que aumenta de año en año, el papel de cuidadores será cada vez más imprescindible. Parece que el mejor consejo ante el envejecimiento propio y ajeno es que dejemos de ocultarlo y lo abordemos de frente y cuanto antes, individual y colectivamente.

Fuente: Diario El País

Etiqueta:adultos mayores, bienestar, calidad de vida, cuidados paliativos, envejecimiento, Geriatría, Gerontología, longevidad, padres, Psicología, salud, vejez

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