La medicina no está preparada para la longevidad.

Por Jose María Gómez-Reino
Y lo más incómodo es que el problema no es tecnológico.
El problema es cómo está organizado el poder clínico.
Hemos construido un sistema sanitario dominado por superespecialistas: cardiología, neurología, oncología, nefrología, endocrinología… Cada uno profundamente experto en un órgano.
Ese modelo fue brillante para el siglo XX.
Pero el siglo XXI trae algo completamente distinto:
pacientes que viven 30 o 40 años con múltiples enfermedades crónicas al mismo tiempo.
Y aquí aparece el gran fracaso silencioso del sistema.
Un paciente de 87 años puede tener:
• insuficiencia cardiaca
• diabetes
• enfermedad renal crónica
• deterioro cognitivo
• artrosis severa
• fragilidad
• 10 medicamentos diarios
• 6 especialistas diferentes
Todos altamente cualificados.
Y nadie está realmente al mando.
Cada especialista optimiza “su órgano”.
Pero casi nadie optimiza la vida del paciente.
El resultado lo conocemos todos aunque pocas veces lo digamos en voz alta:
polifarmacia, cascadas terapéuticas, hospitalizaciones evitables, deterioro funcional y tratamientos que prolongan procesos… sin necesariamente mejorar la vida.
La medicina se ha vuelto extraordinariamente sofisticada.
Pero también extraordinariamente fragmentada.
Y aquí aparece la pregunta que muchos sistemas sanitarios todavía evitan:
¿Quién debería liderar el cuidado de los pacientes en la era de la longevidad?
Porque la respuesta lógica no es el especialista que sabe más sobre un órgano.
Es el especialista que entiende cómo interactúan todos los problemas dentro de una persona que envejece.
Ese profesional existe.
Se llama geriatra.
Pero hay una paradoja fascinante.
La especialidad diseñada precisamente para manejar complejidad, fragilidad, polifarmacia y trayectorias de envejecimiento… sigue ocupando uno de los lugares más periféricos en la jerarquía hospitalaria.
Mientras tanto, los sistemas sanitarios se preparan para algo que ya está ocurriendo:
sociedades donde millones de personas vivirán más de 90 años.
Y aquí viene la pregunta incómoda que deberíamos empezar a discutir con honestidad:
Tal vez el problema no sea que falten geriatras.
Tal vez el problema es que la medicina todavía no está dispuesta a aceptar que deberían liderar el modelo asistencial para pacientes complejos.
No porque sepan más de un órgano.
Sino porque entienden la totalidad del paciente.
La longevidad no es un problema de cardiología.
Ni de neurología.
Ni de oncología.
Es un problema de complejidad clínica humana.
Y en ese terreno, quizá tengamos que replantearnos algo que durante décadas nadie cuestionó:
¿Estamos poniendo a los especialistas correctos en el centro del sistema?
Abro debate.
Fuente: Linkedin




