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LA ODISEA DE LOS GÉRMENES Y LOS VIRUS

Muchas de nuestras enfermedades infecciosas más conocidas y otras recientemente conocidas como el COVID-19 se presentan en forma de epidemia.


Los gérmenes y los virus son un producto de la selección natural en la misma medida que nosotros, lo seres humanos, lo somos. Evolucionan como otras especies. Para un germen o un virus, la propagación puede definirse matemáticamente como el número de nuevas víctimas infectadas por cada paciente original. Ese número depende de cuánto tiempo siga la víctima siendo capaz de infectar a nuevas víctimas, y del grado de eficacia con el que el agente infeccioso se trasmita de una víctima a la siguiente. Los gérmenes y virus han desarrollado diversas maneras de propagarse; si alguno de ellos mata a su huésped se mata a sí mismo.

La población humana densa es un requisito previo para la evolución de nuestras enfermedades infecciosas masivas.
Las epidemias desaparecen por alguna entre varias razones, como ser curada por la medicina moderna o ser detenida cuando toda la población ha sido infectada y se ha inmunizado o bien ha muerto.

La conquista europea de América comenzó con el viaje de Colón en 1492 y aun siendo numerosos los indígenas americanos que fueron víctimas de los conquistadores españoles, fueron muchos más los que cayeron víctimas de los microbios españoles.
Enfermedades infecciosas como la viruela, el sarampión y la gripe surgieron como gérmenes especializados del ser humano, derivados de mutaciones de gérmenes ancestrales muy parecidos a los que habían infectado a los animales.


Cambio cultural
Los humanos que domesticaron los animales fueron las primeras víctimas de los gérmenes recién evolucionados, pero desarrollaron después resistencias a las nuevas enfermedades. Cuando aquellas personas parcialmente inmunes entraron en contacto con otras que no habían estado expuestas previamente a los gérmenes, el resultado fueron epidemias en las que murió hasta el 99 % de la población no expuesta previamente.
Los gérmenes adquiridos así, en última instancia de los animales domésticos, desempeñaron un papel decisivo en la conquista por los europeos de los indígenas de América, Australia, África austral y Oceanía. La viruela, el sarampión, la gripe, el tifus, la peste bubónica y otras enfermedades infecciosas endémicas en Europa desempeñaron un papel decisivo en las conquistas europeas, al diezmar a muchos pueblos de otros continentes. En toda América, las enfermedades introducidas con los europeos se propagaron de una tribu a otra mucho antes que los propios europeos, causando la muerte de aproximadamente el 95 % de la población indígena americana precolombina. Las sociedades indígenas más numerosas y sumamente organizadas de América del Norte, las jefaturas mississipienses, desaparecieron de ese modo entre 1492 y finales del siglo XVII antes incluso de que los europeos construyeran su primer asentamiento a orillas del río Mississipí. Una epidemia de viruela en 1713 fue el mayor paso en la destrucción de un pueblo del África austral por los colonizadores europeos. Poco después del poblamiento británico de Sidney, en 1788, comenzó la primera de las epidemias que diezmaron a los aborígenes australianos. Un ejemplo bien documentado de las islas del Pacífico es la epidemia que asoló Fiji en 1806.

Armas mortales
Los principales elementos mortíferos fueron los gérmenes del Viejo Mundo a los cuales los indios nunca habían estado expuestos, y contra los cuales no tenían, por tanto, resistencia genética ni inmunitaria. La viruela, el sarampión, la gripe y el tifus compitieron por alcanzar el primer puesto entre los elementos mortales. Por si esto no hubiera sido suficiente, la difteria, la malaria, las paperas, la tos ferina, la peste, la tuberculosis y la fiebre amarilla aparecieron poco después.
Los principales elementos mortíferos para la humanidad en nuestra historia reciente: la viruela, la gripe, la tuberculosis, la malaria, la peste, el sarampión y el cólera son enfermedades contagiosas que evolucionaron a partir de enfermedades de los animales, aun cuando la mayoría de los microbios responsables de nuestras enfermedades epidémicas estén paradójicamente casi limitados ahora a los seres humanos.
Hasta la segunda guerra mundial, eran más numerosas las víctimas de guerra que morían a causa de microbios contraídos durante la guerra que de heridas sufridas en combate.
Nuestras respuestas habituales a la infección consisten en desarrollar fiebre; elevar nuestra temperatura corporal, es una especie de intento de matar a los gérmenes asándolos; otra respuesta habitual consiste en movilizar nuestro sistema inmunitario.

Para prácticamente cualquier enfermedad, algunas personas resultan ser genéticamente más resistentes que otras. Las epidemias solían ser mucho más aterradoras antes del nacimiento de la medicina moderna. La mayor epidemia de la historia de la humanidad fue una gripe que mató a 21 millones de personas al término de la primera guerra mundial.
La "muerte negra" (peste bubónica) mató a la cuarta parte de la población de Europa entre 1346 y 1352, con proporciones de muertes que llegaban hasta el 70% en algunas ciudades. Las enfermedades infecciosas que nos visitan en forma de epidemia, se propagan rápida y eficazmente a partir de una persona infectada a una persona sana cercana, con el resultado de que toda la población acaba estando expuesta en un breve período. En segundo lugar, son enfermedades "agudas": en un breve lapso, el paciente muere o se recupera por completo.
En tercer lugar, los afortunados de nosotros que nos recuperamos desarrollamos anticuerpos que nos dejan inmunes contra la reaparición de la enfermedad durante un largo tiempo o de por vida.

Estas enfermedades tienden a estar circunscritas a los humanos; los agentes que las causan tienden a no vivir en el suelo ni en otros animales.
La rápida propagación de los gérmenes y virus sumada a la rápida trayectoria de los síntomas supone que todos los integrantes de una población humana local se infectan rápidamente, y poco después mueren o se recuperan o inmunizan. No queda nadie vivo que pueda ser infectado. Dado que el agente infeccioso no puede sobrevivir salvo en el cuerpo de personas vivas, la enfermedad se extingue, hasta que una nueva cosecha, un momento propicio y una persona infecciosa llega desde el exterior para dar comienzo a una nueva epidemia.
El nacimiento de la agricultura fue, pues, un filón para nuestros gérmenes y virus, el nacimiento de las ciudades lo fue mayor, ya que poblaciones humanas aún más densas se hacinaban en condiciones sanitarias todavía peores. No fue sino hasta el comienzo del desarrollo de rutas comerciales mundiales, que en la época romana unían efectivamente las poblaciones de Europa, Asia y el norte de África que la viruela llegó finalmente a Roma con el nombre de peste de Antonino, que mató a millones de ciudadanos romanos entre 165 y 180. Asimismo, la peste bubónica apareció por vez primera en Europa con el nombre de peste de Justiniano (542-543). Pero la peste no comenzó a golpear Europa con toda su fuerza en forma de epidemia de “muerte negra” hasta 1346, cuando una nueva ruta para el comercio terrestre con China ofreció un rápido tránsito, a lo largo del eje este-oeste de Eurasia, para las pieles infestadas de pulgas procedentes de zonas asoladas por la peste de Asia central a Europa.

La sífilis fue registrada por primera vez de manera concluyente en Europa, en 1495, sus pústulas cubrían a menudo el cuerpo de la cabeza a las rodillas, hacían desprenderse la carne del rostro de las personas infectadas y llevaban a la muerte al cabo de unos meses.
En 1546, la sífilis había evolucionado hasta convertirse en la enfermedad con los síntomas que tan bien conocemos actualmente. En otros tiempos sucedieron terroríficas epidemias que después desaparecieron tan misteriosamente como habían llegado.
La “enfermedad del sudor inglés”, que azotó y aterrorizó Europa entre 1485 y 1552, y los “sudores de Picardía” de los siglos XVIII y XIX en Francia, son sólo dos de las muchas enfermedades epidémicas que desaparecieron mucho antes de que la medicina moderna hubiera ideado métodos para identificar a los agentes responsables de ellas.

Leonardo Strejilevich