Paso de Los Andes 1497 - Mendoza 54 261 5564386 54 261 5564386 info@gerontogeriatria.org

La huella de los abuelos en la memoria y en la vida

¿Cuál es el recuerdo más añejo que guardás de tus abuelos? ¿Qué clase de anécdotas es la que más se repite en tu memoria? ¿Por qué son parte de nuestro presente aun cuando, quizás, los perdimos hace tantos años? ¿Por qué no recordamos lo que vivimos antes de los tres años?

Y si no recordamos, ¿qué huella deja lo vivido?

Por qué para los niños no existe el pasado

El psicoanalista, doctor en filosofía y doctor en psicología Luciano Lutereau explicó a Entremujeres Clarín la diferencia que existe en infancia entre el recuerdo y la memoria: «Para los niños no existe el pasado. Hacen un uso amplio de la memoria, pero el tiempo pretérito no se constituyó aún como pasado. Por eso, cuando les preguntamos qué hicieron ayer o la semana pasada, muchas veces dicen ‘no me acuerdo’. No sólo esta respuesta demuestra el fastidio ante la pregunta inquisitoria del adulto, sino que explica incluso el motivo de ese fastidio».

Y detalló: «Para los niños aún no existe la historia, viven en un presente continuo -por eso puede ser que en cualquier momento traigan a cuento un episodio extemporáneo- que sólo concluye con la represión. La represión psíquica es lo que permite que haya recuerdos. ¿Qué es la represión? Es un proceso mental que introduce la relación con el tiempo, crea el pasado propiamente dicho. De ahí que no es raro (y es gracioso) que un niño de cinco años pueda decir: ‘Cuando yo era chico’. Igual antes, hacia los cuatro años, los niños empiezan a situar el tiempo como una serie continua, distinguen entre ‘antes’ y ‘después’ y, por ejemplo, pueden decir ‘ayer’ para referirse a algo de hace una semana; el primer sentido de ‘ayer’ es ‘antes’ -esto es algo que ya había destacado el psicólogo cognitivo Jean Piaget-«.

«Lo interesante es que esta constitución del tiempo introduce una idea de identidad personal: el ‘yo’ del niño, que antes era un mero vacío, fugaz e instantáneo, cobra un espesor y comienza a acompañar todas sus representaciones. Lo maravilloso, en último término, es que, con la adquisición de la forma del tiempo, surgen los contenidos de la vida moral. Es hacia los cuatro años que los niños comienzan a jugar con la ley y su transgresión, lo que se ‘debe’ hacer, así como cuentan lo que otro hizo y estaba mal, etc.», aseguró.

La construcción de la memoria y los recuerdos antiguos
“Cuando hablamos de memoria nos referimos a una serie de episodios específicos experimentados en el pasado. Esta habilidad requiere de una etapa de adquisición, una de almacenamiento y otra de evocación de la información”, sostuvo Teresa Torralva, doctora en neurociencias y directora del Departamento Neuropsicología de INECO, en conversación con Entremujeres Clarín.

Torralva aclaró que, si bien existen diversos tipos de memoria, en este caso, la protagonista es “la memoria episódica, que es la que almacena las experiencias y eventos personales, denominada también memoria autobiográfica”. Los recuerdos más antiguos relacionados con las experiencias personales se ubican alrededor de los tres o cuatro años, según indicó la investigadora. “Es a partir de esa edad que los niños son capaces de evocar memorias episódicas, aunque pueden únicamente recordar eventos aislados, con pocos detalles”, aseguró.

Pero, ¿cómo es posible evocar vivencias tan lejanas? Estos recuerdos, afirmó la experta, “estarían basados en fragmentos recordados de experiencias tempranas como, por ejemplo, un cochecito en particular, información sobre nuestra propia infancia o detalles obtenidos en fotos o relatos familiares. Luego, pasado el tiempo, esta representación mental o fragmento se vuelve una experiencia real al volver a la mente y recién ahí transformarse en una memoria real”.

En ese sentido, Torralva explicó: “En la niñez media, a los ocho años, los recuerdos se caracterizan por presentar mayor cantidad de detalles del cuándo, cómo y dónde, acompañados de autorreflexiones y emociones sobre el evento en sí. Pero es recién en la adolescencia temprana cuando se organizan los recuerdos con respecto a su contenido, significado y, fundamentalmente, al tiempo cronológico en pos de construir la historia de nuestra vida. De esta manera, a los doce años, las memorias comienzan a integrarse en un tiempo y espacio específico y, con el paso de los años, aumenta su organización en períodos de vida, en oposición con recuerdos aislados y fragmentados”.

La huella de lo vivido
A finales del siglo XIX, Sigmund Freud llamó «amnesia infantil» o «amnesia de la niñez» a la falta de memoria de nuestros primeros años y a los vagos recuerdos desde los tres hasta los siete años. Pero… Si no recordamos nada de esos primeros tiempos, ¿qué huella deja lo vivido? «Deja las huellas más profundas», asegura el especialista en niños y crianza a Entremujeres Clarín.

«Un niño es pura percepción, es decir, inscripción de huellas psíquicas que sólo se comenzarán a interpretar cuando se haya consolidado el tiempo y, por lo tanto, la capacidad de recordar. Al recordar, es posible modificar el pasado. Sin embargo, antes de que eso ocurra, las huellas psíquicas son principalmente sensoriales, sobre todo, olfativas y táctiles. No es raro que a un niño pequeño al que le cuesta dormir solo, alcance con darle una remera de su madre para que se quede tranquilo. La huella es condición suficiente de la presencia. Lo mismo ocurría hasta hace un tiempo con aquellas otras personas que acompañaban en la crianza, como los abuelas y abuelos».

Como en una de las escenas finales de la película Ratatouille, cuando el exigente crítico culinario queda maravillado por el plato que le prepara el inesperado chef, la rata protagonista, que le despierta el recuerdo de su infancia y el calor de hogar: «Las raíces más fuertes de nuestra infancia están hechas de olores y gustos que nacieron mucho antes de que fuésemos capaces de recordarlos», dice Lutereau.

Otro ejemplo es la novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, cuya historia se desencadena desde el recuerdo encendido al encontrarse con el sabor y el aroma de una taza de té y una magdalena que trae a la memoria las tardes en casa de la abuela.

«En última instancia, eso que llamamos ‘piel’ o ‘química’ con otra persona tiene su fuente en ese vínculo primario que es la antesala del desarrollo mental, que es la historia de nuestra vida antes de que hubiera empezado la historia», asegura Luciano.

El recuerdo de los abuelos
Los paseos, las estadías en su casa, los días que estuvieron al frente de nuestro cuidado, sus comidas, su compasión… Son tantos los momentos que un nieto vive con sus abuelos que es difícil mencionarlos en su totalidad. «El recuerdo de experiencias vividas con nuestros abuelos dependerá de muchos factores, entre ellos, cuándo, dónde y cómo fue la experiencia vivida con ellos», comentó la doctora en neurociencias. En ese sentido, aclaró que «el tipo de recuerdo y especialmente su valencia emocional es de vital relevancia».

Al mismo tiempo, la representante de INECO distinguió entre la huella que dejan las buenas y las malas experiencias: «Estudios han demostrado que los recuerdos de nuestra vida que recordamos con mayor precisión son aquellos que están ligados a una emoción, ya sea positiva o negativa, aunque especialmente positiva».

Por último, respecto a los abuelos y las abuelas resaltó que «probablemente recordemos todos aquellos eventos compartidos en la infancia y adolescencia temprana que nos haya hecho sentir alguna emoción».

En términos científicos, explicó que es así cómo «se activa nuestra amígdala (estructura cerebral relacionada con las emociones) que, junto con otras estructuras relacionadas con la memoria (hipocampo y corteza prefrontal), facilitarán la adquisición de la memoria y luego su posterior recuperación».

Dr. Félix Nallim

Doctor Especialista en Gerontología, Master Universidad de Barcelona.