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¿Muerte natural o crimen? La reconstrucción de las últimas horas de Mariano Moreno en altamar.

A 209 años de su muerte, persisten las dudas sobre las causas de su fallecimiento. Bien podría ser el argumento de una novela de misterio, en el que se mezclan conspiraciones, amenazas y hasta una esposa que, desconociendo del trágico destino de su marido, le escribió cartas de amor que él nunca pudo leer.

El 24 de enero de 1811 el doctor Mariano Moreno, 32 años, el que hasta semanas atrás era el todopoderoso secretario de la Primera Junta de Gobierno embarcaba en la nave de guerra inglesa Misletoe, para desarrollar una misión diplomática en Inglaterra, según la versión oficial, aunque fue una maniobra elegante para apartarlo del juego político.

Moreno tenía una especial estima por el capitán del barco, Robert Ramsay. En octubre del año anterior, el inglés había roto el bloqueo realista en el Río de la Plata, al desafiar a navíos muchos más poderosos. “Nada se presenta más respetable, en el mar, que un oficial militar, que poseído de los verdaderos principios de su carrera, considera en su brillo y condecoraciones, otros tantos estímulos para empeñarse en el servicio y honor de su país”, lo elogió el entonces secretario en La Gaceta.

Pero Ramsay no lo llevaría a Gran Bretaña, al tener otro viaje comprometido con otras escalas, sino que lo trasladó a Ensenada, donde el 25 por la tarde trasbordó a la fragata inglesa Fama, anclada en las proximidades.

Hacía ocho días que su hermano Manuel, de 29 años y Tomás Guido, de 22, lo esperaban a bordo. Ellos serían sus secretarios en la misión diplomática. Moreno venía de cumplir frenéticos nueve meses en la función pública, donde todo estaba por hacer. Su pulseada con Saavedra y su sector sobre la incorporación de los diputados del interior, lo dejaron en inferioridad en la puja política y debió renunciar.

La Junta había enviado un oficio al ministro de Relaciones Exteriores inglés, el marqués Richard Wellesley, anunciando la misión de Moreno y sus objetivos, que eran el de estrechar vínculos con aquel país.

Tal vez si Mariano hubiese recordado lo que le había ocurrido a su padre, posiblemente no se hubiese subido al barco. Manuel Moreno y Argumosa era escribiente en el navío San Pablo cuando en 1767 salió por mar al Perú. En el Cabo de Hornos un violento temporal destruyó la nave y los infortunados sobrevivientes debieron subsistir meses en la desolada Tierra del Fuego. Cuando por fin llegaron a Montevideo a bordo de una precaria nave que ellos mismos habían construido, Moreno juró no subirse nunca más a un barco, a tal punto que consiguió un trabajo en tierra firme.

Su esposa Lupe

Apenas partió de Ensenada, la fragata debió sortear una sudestada que duró días. Moreno, quien no se sentía bien, presagió: “No sé qué cosa funesta se anuncia en mi viaje”.

Al día siguiente de su partida su esposa, María Guadalupe Cuenca –Lupe, como la llamaba su marido- recibió un pequeño cofre, que contenía un pañuelo negro y un abanico de luto, con una nota que indicaba que eran accesorios que se vería obligada a usar próximamente. Ella vivía en una casa en lo que hoy es Florida y Bartolomé Mitre junto a su hijo Mariano, que en ese enero cumplía 6 años. Para que no estuviera tan sola, su esposo había arreglado que una de sus hermanas, Micaela, fuese a vivir con ellos hasta su regreso.

María Guadalupe Cuenca, la esposa de Moreno.
Con Lupe se habían conocido en Chuquisaca, donde el joven Mariano había sido enviado por su padre para que estudiase para cura. La familia de ella pretendía que fuera monja. El no solo se volcó al Derecho, sino que regresó a Buenos Aires con una esposa –que desoyó las protestas de su madre- y con un hijo, Mariano, nacido también en Chuquisaca.

Una travesía complicada

Fue una navegación muy trabajosa por los vientos en contra que siempre tuvieron. El capitán Ramsay quiso escoltar a la fragata unas 100 leguas, hasta que estuvo lo suficientemente lejos de Montevideo, ya que temían un posible ataque de los realistas.

Según su hermano, Moreno estaba contrariado y deprimido por los sucesos que determinaron su alejamiento del gobierno, lo que repercutió en su salud. La primera señal de que no estaba bien fue cuando sufrió un mareo muy fuerte que lo obligó a hacer reposo. Pasaba el tiempo traduciendo del inglés “El viaje del joven Anacarsis a la Grecia”, de Juan Jacobo Barthelemy, trabajo que dejaría inconcluso. Cuando llegase a Londres, tenía pensado publicar una suerte de balance sobre su carrera política y su papel en la Primera Junta.

Al verlo en semejante estado, su hermano y Guido le pidieron al capitán del barco, George Thomas Heverson hacer puerto en Río de Janeiro o en el Cabo de Buena Esperanza, pero no tuvieron suerte. ¿Fue una decisión deliberada del capitán o fue porque la nave estaba prácticamente inmóvil por la falta de viento?

Lo que sorprendió a su hermano Manuel es que, sin su conocimiento, el capitán le dio a Moreno un emético, un medicamento que se usaba para provocar el vómito. Según Manuel, el capitán “lo suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento”. Cuando el capitán lo hizo, Moreno estaba solo.

Lo que entonces Manuel ignoraba, y que alimenta la teoría conspirativa es que a los pocos días de la partida de Moreno, la Junta Grande había acordado con el comerciante David de Forest un contrato de compra de armas. Y se aclaraba que para cerrar la operación, De Forest debía ponerse en contacto en Gran Bretaña con Moreno, y que si éste hubiera fallecido o por alguna circunstancia no se hallase en ese país, se debía arreglar con Aniceto Padilla. Para los que sostienen la teoría conspirativa que Moreno fue en realidad asesinado, resultó extraño que en un contrato de semejantes características, se haya contemplado una clausula de este tenor.

Muchas suposiciones, pero pocas certezas.

El fin

Lo cierto es que Mariano tuvo violentas convulsiones, que hasta lo hicieron caer de su catre. Desde la agonía que sufría, en el piso mismo del estrecho camarote, les dio instrucciones a sus jóvenes secretarios sobre cómo debían manejarse en el destino diplomático. También tuvo fuerzas para llamar al capitán, y encomendarle el cuidado de sus acompañantes.

La muerte de Mariano Moreno. Nueve meses en la función pública le alcanzó para tener una relevante proyección histórica.


A su hermano le solicitó que cuidase a su “esposa inocente”, tal como la mencionó; sus últimas palabras, según su hermano, habrían sido “viva la Patria, aunque yo perezca”.

Y entró en una agonía de la que no se recuperaría.

Falleció en la madrugada del 4 de marzo de 1811, frente a las costas de Santa Catalina, en Brasil.

Su cuerpo permaneció durante todo el día en la cubierta de la nave. La bandera inglesa estuvo a media asta y la descarga de los fusileros anunció a los otros barcos que una desgracia había ocurrido.

A las 17 horas, los restos de Mariano Moreno, de 32 años, eran arrojados al mar envuelto en una bandera británica. Ese mismo día, en Buenos Aires todo era alegría, ya que los Moreno le festejaban el cumpleaños 19 a José, uno de sus 14 hermanos.

Los secretarios llegaron a Gran Bretaña el 1 de mayo de 1811, e informaron a la Junta sobre la muerte del ex secretario.

Pasaron 209 años, y el misterio y las dudas aún persisten.

Cartas que nunca leyó

Durante dos meses, Lupe le escribió a su marido siete cartas y una esquela. La primera de ellas lo hizo dos días después de la muerte de su marido. “Se me aumentan mis males al verme sin vos y sin tu amable compañía. Todo me fastidia, todo me entristece, las bromas de Micaela me enternecen porque tengo el corazón más para llorar que para reír…”; “…yo extrañándote cada día más, y deseando con ansias recibir carta tuya, saber de tu salud y sentir los trabajos que habrás tenido en un viaje tan largo, ya que no te los he ayudado a pasar”;”…se cumplen 4 meses y 18 días de tu salida, y todavía no tengo el consuelo de recibir carta tuya…”

La última carta que escribió Lupe fue el 29 de julio. “Me alegraré que estés bueno, gordo, buen mozo y divertido pero con ninguna mujer, porque entonces ya no tendré yo el lugar que debo tener en tu corazón por tantos motivos…”

Cuando en agosto su esposa se enteró de lo que había ocurrido, le pidió al Triunvirato una pensión por los servicios prestados por su marido al gobierno. El 17 de febrero del año siguiente comenzaría a cobrar la suma de 30 pesos, mientras que la Asamblea del Año 13, si bien le otorgó mil pesos, no alcanzó para que viviese su vida casi en la indigencia.

Lupe moriría el 1 de septiembre de 1854.

En cuanto a su hijo Mariano, luego de un empleo en la Biblioteca, se enroló en el Ejército, peleó en la guerra con el Brasil; y allá por 1854 diseñó el plano de la ciudad de Barracas al Sud (actualmente Avellaneda) y fue profesor de matemática y física en la Universidad de Buenos Aires.

Durante el rosismo debió exiliarse, primero en Montevideo y luego en Santa Catalina, en Brasil, siempre ayudado económicamente por su tío Manuel. Se destacó por los cuadros que pintaba. El destino quiso que fuera a vivir cerca de aquellas costas donde el cuerpo de su padre había sido arrojado al mar, junto con sus aciertos, errores y ese loco sueño de que el país fuera independiente y que tuviese una Constitución.

Por Adrián Pignatelli