La violencia en sus distintas modalidades -como la violencia social, la violencia de género, la violencia criminal, la violencia familiar, la violencia delictual, la violencia discursiva- es un fenómeno que abarca todos los ámbitos de la vida.

En muchas ocasiones nos vemos cercados por este tipo de circunstancias que han perdido definitivamente en nuestros días su carácter de oculto. Su presencia se palpa en todo tipo de disturbios sociales, en los actos criminales privados, en la inseguridad cotidiana y en los conflictos internacionales.
Los medios la multiplican al infinito y los discursos que intentan combatirla, cuestionarla e incluso comprenderla terminan casi siempre en una especie de reflexión circular que no acaba nunca por concluir en explicaciones válidas y soluciones concretas.
 
Perplejidad

La violencia produce desconcierto, perplejidad, horror y alto impacto traumático en el observador y en la víctima, a lo que se suman trastornos de la emotividad, confusión e incoherencia del pensamiento en los momentos iniciales.
Existe la violencia simbólica encarnada en el lenguaje y sus formas, que tiene que ver con la imposición de un universo de sentido; y una violencia sistémica, la que incluye no sólo la violencia física directa, sino también las formas más sutiles de coerción que imponen relaciones de dominación y explotación, incluyendo la amenaza de la violencia.

La violencia sistémica es la contraparte de la violencia subjetiva, pero sin la cual no se puede analizar lo que, de otro modo, parecerían ser explosiones irracionales de violencia subjetiva. La violencia tiene un arco extendido que va desde las manifestaciones más brutales, como el asesinato en masa, las inaceptables como el acoso, el abuso, la violación, hasta las expresiones de violencia ideológicas, como el racismo, el odio o la discriminación sexual. Casi siempre se pone el acento en la violencia aguda y explícita, que suele ser escandalosa y urgente, que parece funcionar a favor de ocultar o desviar la atención sobre la violencia sistémica.

Los estallidos de violencia individuales, colectivos y urbanos se caracterizan por su carencia total de perspectiva. No suelen haber demandas específicas, sino sólo una resistencia en el reconocimiento, basada en un vago e inarticulado resentimiento.

Lo que resulta entonces es un acto violento que no exige nada y que rechaza la intención hermenéutica de la búsqueda de un significado oculto o profundo. Aquí nos encontramos ante la crisis de sentido, es decir, la desintegración del vínculo entre verdad y sentido. Esta violencia es un pasaje al acto, un movimiento impulsivo a la acción sin traducción al discurso o al pensamiento.

A primera vista, la violencia parece carecer de sentido y razón; desaparecen las fronteras e irrumpe aparentemente sin estrategias, encuadres ideológicos, ni tampoco un marco de razonabilidad y justificación. La violencia ataca al semejante, al próximo, tanto en el plano delictivo como en el político que revierte sobre el propio sujeto que es víctima de plano de accidentes, maltrato y desbordes de toda índole; ya no se sabe si los fines son justos o injustos, legítimos o ilegítimos, si tienen soporte ideológico o no, si contienen valores morales o carecen de ellos.

Actualmente, hay crisis de lo real, los discursos están deshabitados, hay un abismo entre lo que se dice y lo que se hace, hay una deslegitimación del poder y se pregona una ética anacrónica en la que nadie cree; se manifiesta el nihilismo y asistimos al derrumbe de los sistemas filosóficos, axiológicos, la pérdida de fundamentos, parece que nos hundiéramos en una nada infinita. El hombre de este tiempo está vacío, desprovisto de las marcas históricas; sólo apunta a las identificaciones colectivas y tiende a segregar y rechazar lo que no entra en ese ámbito.

Lo social, que regula y contiene al individuo, se desmorona, y la caída de los ideales comunes produce un estado de fragmentación y desamparo. Nuestra época presenta la confluencia de la pérdida de la autoridad y de la ausencia de construcciones ideológicas capaces de orientar a los sujetos. La violencia interviene en la producción de un estado de alarma permanente que es la matriz del pánico.
La coexistencia que es vivir con el otro, en la situación del otro, es la unidad mínima indispensable y necesaria para convertirnos en seres sociales y construir comunidad. La coexistencia implica tolerancia, aceptar e integrar a los diferentes y a las diferencias, respeto a la ley en un medio social y cultural que garantice un Estado de derecho.
La única opción del violento es hacer daño y destruirlo todo con mayor o menor sofisticación, sin temor, sin culpa, sembrando pánico, terror y muerte. La violencia, entre otras la urbana, ha aumentado mucho en nuestro país y hasta ahora hemos transferido la custodia de nuestra seguridad y de nuestra libertad a los aparatos del estado, la política y el poder y nos hemos autoexcluido de nuestra responsabilidad al respecto.

La intolerancia

La violencia es multicausal; se destacan las desigualdades sociales por las grandes diferencias en la distribución y acceso a los recursos y el declive económico que empujan al delito poniendo en riesgo la convivencia social por la cantidad de conflictos violentos que se producen. Nada debilita más la necesaria estabilidad que se requiere para que una sociedad se desenvuelva con acierto que la diaria inseguridad y la violencia. Las fuentes centrales donde busca sustento esa inseguridad y esa violencia son el delito creciente, la rampante inflación y la pobreza multiplicada. Todas ellas corroen el presente y desdibujan el porvenir, imponen el temor y la necesidad de vivir en perpetua y extenuante vigilia, reducen el sentido de la existencia a una lucha degradante y casi siempre estéril por la autopreservación.

Casi todos los conflictos entre hombres y entre pueblos pueden ser resueltos sin violencia, mediante mutua tolerancia; casi toda conflagración podía resolverse por medio de árbitros si los incitadores y exaltados de una y otra parte no dieran tensión al arco de la violencia. Cualquier fundamentalismo, ya en el terreno religioso, en el nacional, en lo político o en el del modo de concebir el Universo y la vida es un perturbador nato de toda comprensión; se odian todos los obstinados e ideólogos absolutistas ya aparecieran en hábitos sencillos y populares o con togas académicas, los trajinan anteojeras en el pensamiento; los fanáticos de toda clase y raza en todas partes exigen una obediencia irrestricta para sus propias opiniones, y a toda otra concepción la llaman despectivamente herejía, traición, complot o bribonería.

La independencia del pensamiento y la libertad de espíritu de las personas individuales siempre deberían ser respetadas sin que la verdad personal sea considerada por algunos como una misión que Dios le hubiere confiado hablándole al oído, a él y sólo a él. Hay que combatir con fuerza y convicción, en todos los terrenos, a lo largo de toda la vida, a los fanáticos y fundamentalistas. Toda subversión, todo tumulto, toda turbia disputa, toda turbamulta en las calles, todo enfrentamiento entre las masas se opone al claro ser de la razón del mundo. Deberíamos ejercitarnos en el arte singular de limar conflictos mediante una bondadosa comprensión, de aclarar lo turbio, de concertar lo embrollado, de ligar de nuevo lo desunido y dar a lo disgregado un más alto valor de comprensión.
El progreso de la humanidad siempre fue posible por medio de la ilustración, de la capacidad educativa, de la cultura, del conocimiento acumulado tanto de los individuos como de la totalidad de un pueblo.

Dr. Leonardo Strejilevich