“El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir” (Miguel de Cervantes, El Quijote).

Desde la más remota antigüedad, la humanidad no ha dejado de interesarse por las causas y consecuencias del envejecer.
El envejecimiento es un fenómeno y un proceso muy complejo y sus explicaciones han variado de acuerdo con las épocas, las culturas, las ideas religiosas, los conocimientos técnicos y científicos.


El anciano no es un niño arrugado ni es un niño viejo, es una persona con una historia personal, cultural, social y generacional. La definición de vejez es cronológica y puramente convencional, ya que no hay parámetros biológicos, psicológicos o sociales para determinar el comienzo de la edad madura o tardía o el comienzo del envejecimiento. Se denomina tercera edad al lapso entre los 55 a 65 años y cuarta edad desde los 70 años en adelante. Debe diferenciarse la senescencia que es el envejecimiento normal de la senilidad o etapa enfermiza del envejecer.


El paso del tiempo


La senectud es la última etapa de la vida del hombre para aquellos que logran envejecer y se la considera una regresión o involución que precede a la muerte. El envejecimiento es un proceso que no comienza de un día para otro; es un proceso de características propias que impone al hombre una serie de cambios que se hacen ostensibles varios años antes.


Las manifestaciones de la vejez comienzan insidiosamente y evolucionan en forma lenta y progresiva.
Escapa completamente a las pretensiones de este artículo la enumeración de cuántos han contribuido desde uno y otro ámbito a la mejor comprensión del envejecimiento y, por ende, al modo de vivir la vejez y al paso del tiempo. Hay numerosos textos (Cicerón, Miguel de Cervantes, Pedro Laín Entralgo, Gregorio Marañón, Santiago Ramón y Cajal, Rita Levi Montalcini, Simone de Beauvoir, Norberto Bobbio) que, con mayor o menor certeza científica, artística o literaria, propugnan que la vejez sea vivida de manera activamente positiva, de manera que se trate de retrasar al máximo ese momento del envejecer en el que ya no se tiene mañana, sino solo ayer.


A pesar de las desgracias, los achaques, las enfermedades y las limitaciones físicas impuestas que lleva consigo la vejez, no en todos los casos, puede ser un período ciertamente gratificante si se la sabe integrar en el proceso de la vida. El Quijote es, sobre todo, el ejemplo máximo de un viejo que se inventa pasiones para no morir” (Francisco Umbral). Pedro Laín Entralgo, el maestro de la historiografía médica española, decía: Ser viejo es verse obligado a vivir poseyendo lo que uno ha sido. El paso de los años supone la revisión de uno mismo, de lo que uno sabe y recuerda de sí mismo. ¿Para qué? Para ser íntimamente libre, históricamente actual y socialmente útil son necesarios el proyecto, el recuerdo y la revisión. El proyecto para seguir siendo persona activa aunque haya de ser corto el futuro disponible. El recuerdo para estar ciertos de que, poco o mucho, algo hemos sido. La revisión, en fin, para que el resultado del proyecto sea verdaderamente actual, aunque no pase de proseguir la línea de la vida vivida.


Saber ser viejo


La adaptación debe ser la gran virtud y el gran deber de la ancianidad, esto es, saber ser viejo, querer serlo y no joven ni inmaduro. Adaptarse no quiere decir renunciación ni esterilidad; la vida está llena de ancianos que supieron hacer fecundas realizaciones para el prójimo los días de su declinación. Hay jóvenes mentalmente viejos y ancianos seductoramente jóvenes.


En el umbral de los 60, los 70, los 80, siempre va siendo la hora de empezar de nuevo. No puede ser que la sociedad actual margine a los viejos, condene al anciano a vegetar en la soledad y el aburrimiento, convirtiéndolo en un puro desecho aún en los casos de decrepitud física, moral y mental.
Así ha surgido para muchos la pesadilla de la vejez, no por los achaques físicos, sino sobre todo por el temor al rechazo social, lo cual ha llevado, en la mayoría de los casos, a patéticos intentos de ocultar la edad con un maquillaje prefijado por astutos anuncios publicitarios. Cada jirón causado por el deterioro de la edad es testigo de una vida vivida, y si se ha vivido bien la senilidad es digna de respeto, no de compasión. El privilegio de un envejecimiento digno y saludable está al alcance de todos los ciudadanos de los países democráticos dotados de un gran desarrollo industrial y cultural. Pero el uso de esta carta está limitado por factores extrínsecos e intrínsecos.


Los motivos de carácter extrínseco son muy numerosos: las nueve décimas partes de los individuos viven en condiciones precarias debido a las enfermedades endémicas, el hambre, los regímenes dictatoriales y las imposiciones sociales basadas en credos político-religiosos que impiden a determinadas poblaciones de las sociedades llamadas en vías de desarrollo hacer uso adecuado de sus capacidades. La causa de carácter intrínseco es la falta de previsión, en la juventud y la edad adulta, que impide tener una preparación para ejercer actividades alternativas durante la vejez.
Además, el concepto que suele prevalecer es la decadencia de las funciones cerebrales y mentales, algo que haría inútil toda preparación.


Una aventura individual


A la conciencia de la muerte se le ha sumado en épocas más recientes la angustia ante los aspectos negativos de la vejez. El sistema social actual valora el beneficio, la producción y la eficacia, y los que no son capaces de producir, como los viejos, se convierten automáticamente en seres superfluos, inútiles, en cargas para la sociedad. Es el hombre de esta sociedad quien ha creado la vejez. Existe un antídoto para esta creación tan negativa: ser conscientes de nuestra inmensa cantidad de capacidades atesoradas. El uso continuo de estas capacidades, a diferencia de lo que sucede con ciertos órganos, no se desgastan. Paradójicamente, fortalecen y sacan a relucir las cualidades que habían permanecido ocultas en el torbellino de las actividades desplegadas durante las fases anteriores del recorrido vital.


La clave del envejecimiento feliz radica ineludiblemente en la capacidad de adaptación del anciano a los cambios físicos que se van produciendo y a los agentes externos estresantes (factores psicosociales) que le acosan. Tal como dice el adagio chino: “La felicidad consiste en no desear aquello que no puedes conseguir”. Vivir en armonía y felicidad es adaptarse bien. El envejecimiento es una aventura individual, llevada a cabo en función del gusto, las necesidades y el ambiente del entorno y las amistades efímeras y estables. La vejez no es una cuestión de años, sino de estado de ánimo; hay que aprender a envejecer y rescatar el sentido del humor para salir al encuentro de una etapa de la vida, en la que la edad cronológica no siempre tiene por qué coincidir con la biológica.

Leonardo Strejilevich