La creatividad, a cualquier edad, conlleva no sólo un  qué,  un talento, sino también un quién con marcadas características personales, una fuerte identidad, una sensibilidad y un estilo intransferible. La creatividad implica el poder de inventar, de romper con las maneras existentes de ver las cosas, de moverse libremente en el ámbito de la imaginación, de crear y recrear mundos en la propia mente, y al mismo tiempo de controlar todo eso con una mirada interior crítica. La creatividad tiene que ver con la vida interior, con un flujo de ideas nuevas y sentimientos fuertes. En este sentido, la creatividad nunca será posible de ser perdida salvo circunstancias adversas en las personas mayores.

Hace unos años no era justo superar los sesenta años, porque después sería terrible sobrevivir achacoso, babeante y demente en un asilo para ancianos. La idea de alcanzar esa venerable edad era una hipótesis muy remota y poco frecuente.


La esperanza de vida ha aumentado notablemente y algunos recordamos  el viejo poema de De Amicis: «No siempre el tiempo borra la belleza / ni dejan marca lágrimas y afanes / mi madre ya ha cumplido los sesenta / y cuanto más la miro, más bella me parece».


Hoy debería situarse  la frontera en los noventa años, porque una persona de sesenta o más, si goza de buena salud, tiene una presencia vigorosa y activísima, y, si además recurre al cirujano plástico, aparenta veinte años menos.
Ahora, dejando aparte el infarto y los cánceres existe una esperanza razonable de llegar a los noventa.


Pascal, inventor de la máquina calculadora  murió a los treinta y nueve años y ya era una edad avanzada. Alejandro Magno y Catulo murieron a los treinta y tres años, Mozart a los treinta y seis, Chopin a los treinta y nueve, Spinoza a los cuarenta y cinco, Santo Tomás a los cuarenta y nueve, Shakespeare y Fichte a los cincuenta y dos, Descartes a los cincuenta y cuatro, y Hegel a la avanzadísima edad de sesenta y uno.


Goethe terminó su Fausto a los 83 años, Tiziano pintó la Batalla de Lepanto a los 95 años; hoy todavía nos sorprendemos de que una abuela use Internet, que a los 72 Susan Sarandon, célebre actriz, sea arrestada en una protesta contra las políticas migratorias de Donald Trump y Marta Minujín inaugure una muestra de pintura erótica a sus 75; que la empresaria y decoradora estadounidense Iris Apfel, siga siendo ícono de la moda y cara global de dos marcas, con 97 años; que Ho Chi Minh, que fuera líder de Vietnam del Norte, se dejaba la barba canosa a  propósito para lograr adhesión y respeto por las  bases populares; Mario Bunge, filósofo, físico y epistemólogo argentino tiene 95 años cree que no deberían existir nombramientos definitivos en los cargos públicos y la cuestión radica en  si uno sigue siendo útil a la sociedad. Mario Bunge sigue tan activo como siempre. El autor de La ciencia, su método y su filosofía (1960), La investigación científica (1967) y los ocho volúmenes de Tratado de filosofía (1974-1989), entre otros setenta libros, contesta mails, lee revistas científicas y sigue fiel una rutina de trabajo diaria que incluye una siesta de no más de una hora;  Mirtha Legrand, diva de la televisión Argentina desde hace más de cincuenta años,  mostró su DNI con 92 años en cámara y su hermano José Antonio Martínez Suarez, guionista y director de cine, no tiene problema en declarar sus 93 años; Giuseppe Verdi compuso y estrenó “Otelo” a los 74 años y el Te Deum a los 85 años; Cervantes escribió la segunda parte del “Quijote” a los 68 años; Winston Churchill llegó al poder a los 66 años…


Los grandes meditadores de la memoria han sido siempre las personas mayores. El pasado perdura en el cerebro, la imagen favorita que Freud tenía de la mente era la de un enclave arqueológico, lleno, capa a capa, de los estratos enterrados del pasado que podían aflorar al nivel de la conciencia en cualquier momento. La imagen de la vida que tenía Proust era la de « una colección de momentos» cuyo recuerdo « no están al corriente de lo que ha ocurrido desde entonces» y permanecen « herméticamente sellados», como tarros de conserva en la despensa de la mente. Recordar es siempre reconstruir, no reproducir.

Todos, en definitiva, somos exiliados del pasado.

Las personas mayores tienen un núcleo de nostalgia; la nostalgia es precisamente una fantasía que nunca tiene lugar, que se manifiesta por no poderse llevar a cabo. Y sin embargo dichas fantasías no son sólo vanos ensueños o imaginaciones, apremian a esas personas para la creatividad.
Los mayores no deben renunciar a todo lo que la gente normalmente considera una vida plena, a renunciar a la actividad, al disfrute del momento presente, al interés por el futuro, la amistad, el intercambio social en la vana  búsqueda del tiempo perdido. Ese tipo de recuerdos y la nostalgia son elusivos, huidizos, nocturnos; no pueden competir con la luz plena y el ajetreo de la vida cotidiana.


LEONARDO STREJILEVICH
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