Hasta hace poco, infringir castigos corporales a un niño formaba parte de su educación.

Del mismo modo, apalear la mujer era considerada una cuestión privada de la vida conyugal en la que nadie tenía derecho a intervenir. Y es que el fenómeno del maltrato, a pesar de las diferencias culturales que encontramos a la hora de definirlo, forma parte de una cultura del poder y la violencia tan antigua como la historia de la humanidad.

En la actualidad, sin embargo, nuestra sociedad no tolera los malos tratos a los niños y la violencia de género es denunciada sistemáticamente. Se nos escapa, sin embargo, otro tipo de maltrato, tan punzante como los demás pero desconocido, invisibilizado: el que se infringe a la gente mayor. A pesar de que los datos dicen que hasta el 5% de este colectivo sufre algún tipo de maltrato, sólo emerge a la luz 1 de cada 5 casos.

En un modelo cultural en el que imperan los valores de belleza y triunfo las personas mayores y sus problemas se vuelven invisibles, incluso si son maltratados
Pero, ¿por qué el maltrato a las personas mayores es tan desconocido? Las causas obedecen fundamentalmente a las consideraciones sociales sobre la vejez. En un modelo cultural en el que imperan los valores de belleza y triunfo, todo lo que tiene que ver con la decadencia física y social que conlleva la vejez se aparta y, incluso, se esconde: las personas mayores y sus problemas se vuelven invisibles, incluso si son maltratados.

Tipologías de maltrato
La bibliografía recoge el maltrato físico, sexual, psicológico, económico, por negligencia o descuido, la auto-negligencia, el abandono y el institucional. Entre estos, hay algunos que son bien visibles, como el abandono o el maltrato físico y sexual. Otros, sin embargo, están tan camuflados por los condicionantes sociales y culturales que ni siquiera son percibidos como tales por las víctimas. El caso paradigmático es el del maltrato institucional, que es el que proviene de las estructuras administrativas y políticas cuando desatienden las necesidades de las personas mayores.

Desafortunadamente, como en muchas situaciones de maltrato, lo más habitual es que se produzca en el ámbito doméstico y que quien lo infringe sea principalmente algún familiar de la víctima. La dependencia que genera la vejez opera como el mayor factor de riesgo para ser maltratado, a menudo porque el familiar responsable se siente desbordado e impotente ante la atención continuada que requiere la situación. El maltrato más habitual entonces es el psicológico o el relacionado con el descuido y la negligencia.

Prevención y detección de casos
Todos los actores sociales tenemos parte de responsabilidad en la prevención y detección de los malos tratos: desde los legisladores y los medios de comunicación, en cuanto a la prevención, hasta los servicios de la comunidad (asociaciones, comercios, entidades bancarias, etc.), que pueden detectarlos y ponerlos en conocimiento de los profesionales de la salud y los servicios sociales. Estos son los encargados de valorarlos e intervenir si procede, bien ofreciendo recursos de apoyo a nivel domiciliario o bien coordinando el ingreso institucional, previa comunicación judicial.

El síndrome de la abuela esclava
El maltrato a las personas mayores se relaciona con la dependencia y la fragilidad de la persona de edad avanzada, enferma e indefensa, pero las formas que éste toma son muy diversas y están en permanente evolución.

En los últimos tiempos, ha aparecido la fórmula de “la abuela esclava”, una nueva forma de maltrato relacionada con la crisis económica, que hace que muchas familias “sobreutilicen” la figura de la abuela para las tareas domésticas, el cuidado de los nietos y otros familiares enfermos e, incluso, para soportar económicamente la familia.

“La abuela esclava” se convierte así en un síndrome que afecta la salud de estas mujeres, que desarrollan diferentes síntomas y patologías, y que puede llegar incluso a ser potencialmente mortal. El problema es que, como suele ser habitual en cualquier situación de maltrato, la víctima, condicionada culturalmente por el sentido del deber de protección a la familia, no es consciente y niega el abuso.

Un artículo de Rosa Colomer, trabajadora social y antropóloga, Servicio de PADES de Grupo Mutuam