El envejecimiento es un fenómeno en crecimiento que nadie lo pone en cuestión, pero, quizás en lo que no reparamos es que nuestros mayores son cada vez más mayores. Si hace unas pocas décadas, la vejez comenzaba prácticamente coincidiendo con la jubilación, a los 65 años, hoy en día la vejez declarada comienza pasados los 70 años de edad, y comienza a haber un grupo de población anciana cada vez más numeroso, aquel que supera la denominada cuarta edad, situada por los expertos sobre los 80 u 85 años.

Desde la perspectiva de la fisioterapia la pérdida de masa muscular, la sarcopenia, que puede ser de hasta un 40%-50% en una persona de 80 años, es un factor que “per se” no es patológico, pero que deteriora la capacidad funcional y es un factor desencadenante de problemas. Tal es su relevancia, que grandes grupos de expertos se reúnen periódicamente para valorar su impacto y hasta incluso cómo la definimos. Uno de los resultados, publicado este mismo año por un equipo dirigido por el geriatra Alfonso J. Cruz Jentoft definió la sarcopenia como un trastorno progresivo y generalizado del músculo esquelético que se asocia con un incremento de la probabilidad de efectos adversos como caídas, fracturas, discapacidad y mortalidad.

Que la atrofia muscular es causa de discapacidad tiene cada vez mayor evidencia, repercute no solo en la fuerza, sino también en el equilibrio, la coordinación y la flexibilidad. Recientes estudios empiezan a dar importancia al comportamiento de la masa muscular como órgano endocrino, sobre todo a través de la liberación de miokinas que intervienen en la regulación del funcionamiento pancreático, renal o hepático por poner algunos ejemplos.

Poner los músculos a trabajar equivale a tomarnos una “pastilla” interna que mejora el funcionamiento global de nuestro cuerpo y previene el deterioro y sus consecuencias. Para ello, se deben implementar programas de promoción del ejercicio físico en nuestros mayores, estos programas deben articularse sobre 4 pilares: el trabajo de la flexibilidad, el aumento de la fuerza, la mejora del equilibrio y el aumento de la resistencia cardiovascular. Sin la presencia de estos 4 elementos no es posible lograr activar estos efectos beneficiosos del trabajo muscular.

Por tanto es importante una adecuada planificación del programa de ejercicios, adaptando en primero lugar la frecuencia de las sesiones y su intensidad, a las capacidades de los participantes. Siempre es recomendable evaluar a toda persona mayor que vaya a comenzar a realizar ejercicio físico. Para ello existen pruebas sencillas que requieren solo de un cronómetro:

    Para valorar el equilibrio se puede medir el tiempo de mantenimiento de pie con un pie al lado del otro, en tándem y en semitándem de manera que tiempos inferiores a 9 segundos pueden indicar problemas de mantenimiento del equilibrio.
    Para valorar la marcha podemos cronometrar el tiempo que se tarde en caminar 4 metros, tiempos superiores a 5 segundos son sugestivos de alteraciones de la marcha.
    Finalmente la fuerza se puede medir el tiempo que una persona tarde en sentarse y levantarse de una silla veces, de manera que si se necesitan as de 15 sg indicaría un déficit de potencia.

Esta sencilla batería, conocida como SPPB (Short Performance Physical Battery), permite identificar una de las 4 tipologías presentes en el anciano: A) persona con discapacidad, B) persona con fragilidad, C) persona pre-frágil y C) persona robusta, y nos ayuda a establecer el programa de ejercicio más adecuado.

De manera general, se suelen recomendar 2-3 sesiones a la semana en las que se incluyen como mínimo 4-6 ejercicios que incluyen las 4 cualidades mencionadas. De cada ejercicio se suelen realizar al menos 2 series de unas 8-10 repeticiones cada una. En relación a la velocidad, la mejoría sería mayor en la alta velocidad frente a una moderada velocidad.
geriatricarea actividad fisicaLa actividad física evita o limita el deterioro ligado al envejecimiento. De hecho, puede ser un factor preventivo del deterioro cognitivo

Un aspecto importante, sobre todo en los ejercicios de fuerza, es adaptar la carga; debemos recordar que el objetivo no es muscular sino mantener un rango de fuerza adecuado que evite la sarcopenia y para ello, no son necesarias grandes intensidades. En general se puede comenzar con ejercicios a un 30% de la potencia muscular máxima (1RM).

Obviamente la progresión es importante a medida que mejoran las capacidades de los participantes, para ello podemos aumentar el número de series a 3, el número de repeticiones hasta 10-12 y la carga hasta llegar a un 50% del 1RM.

Se ha visto que este ejercicio asociado a suplementos como el hidroximetilbutirato (HMB), una sustancia que ha sido usada por culturistas con el objetivo de evitar la pérdida de masa muscular, podría mejorar el desarrollo físico de los pacientes. Otra de las grandes asociaciones que se han hallado en la investigación es el ejercicio multicomponente junto con otras intervenciones como una valoración geriátrica completa, la revisión del tratamiento en la polifarmacia o un control nutricional, entre otros, pueden mejorar los resultados de los pacientes con respecto a los marcadores de fragilidad.
Ancianos realizando ejercicio

Los profesionales sanitarios implicados en la atención a los mayores debemos ser conscientes de este proceso y de que los recursos terapéuticos ya no se reducen únicamente a los fármacos o a la cirugía. Efectivamente, este aumento vertiginoso de la esperanza de vida se traduce en la aparición de procesos, no tanto ligados a una enfermedad específica, sino al propio hecho de envejecer.

Este proceso ha cambiado también el modelo de cuidador del anciano. Si antes hijos jóvenes cuidaban de sus mayores, ahora son los mayores los que cuidan de los que son aún mayores que ellos. Esto nos lleva a considerar que el mantenimiento de las capacidades físicas en edades avanzadas, ya no es solo una cuestión de salud, sino de permitir el cuidado de los grandes ancianos.

La prevención debería ser un pilar cada vez más importante cada que se planteen actuaciones en nuestros mayores, y esto debería pasar por la promoción de la actividad física y del ejercicio. Tanta importancia tiene el mantenimiento de una masa muscular adecuada, que ya Devries a principios de los 80 preconizaba que el deterioro físico no es el resultado del envejecimiento como tal, sino de la falta de actividad física.

Desde este aspecto, en los últimos años el esfuerzo investigador se ha estado incrementando, con resultados positivos en muchos casos. Esto, ha llevado a la Unión Europea a destinar gran cantidad de fondos a proyectos como el estudio SPRINTT, llevado a cabo en centros nacionales y de toda Europa. En este, se estudia la influencia del ejercicio y otras intervenciones en aspectos como la fragilidad y las caídas. Los resultados de este estudio, del mismo modo que de investigaciones similares pretenden mostrar la relevancia de estas practicas, frente a su ausencia, y, en consecuencia, demostrar su necesidad; y, por ende, traducirlo en legislación que apoye la creación de terapia de ejercicio asociada a otros componentes en mayores.

En lugares como Leicester, en Reino Unido, ya se han adelantado a estas políticas de salud. Allí se han iniciado programas de seguimiento de los ancianos frágiles con intervenciones de 8 sesiones de ejercicio semanales dirigidas por el equipo de fisioterapia y asociadas a una completa valoración geriátrica. Estos protocolos de atención sanitaria, aún sujetos a cambio según avancen las investigaciones, sientan la base de las intervenciones que podríamos ver en el futuro, incluso en nuestro hospital de referencia.

En resumen, la actividad física evita o, al menos, limita el deterioro ligado al envejecimiento. Parece claro que un anciano físicamente activo padecerá menos enfermedades y su gravedad será menor comparado con un sedentario, pero también es cierto que la actividad física está ligada a una mayor actividad mental, por lo que el ejercicio puede ser también un factor preventivo en el desarrollo de procesos ligados al deterioro cognitivo que tanta repercusión tienen en la actualidad.

Un articulo de Javier Álvarez Martín
Socio SMGG. Enfermero especialista en Geriatría vía EIR. Unidad de Geriatría de Agudos. Hospital Central de la Cruz Roja, San José y Santa Adela. Colaborador docente. Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología. UC
y Juan Nicolás Cuenca Zaldívar
Fisioterapeuta. Hospital de Guadarrama. Grado de Fisioterapia. Universidad Francisco de Vitoria