Reducción del consumo de sal.

El elevado consumo de sal y la mala adaptación evolutiva de la especie humana a dicho consumo es una de las principales causas de la elevada prevalencia de hipertensión arterial. Aunque existe una importante interacción con otros factores genéticos y ambientales, es evidente una correlación directa entre el consumo de sal y la prevalencia de HTA y el consumo excesivo de sal es capaz de provocar HTA en primates sometidos a condiciones experimentales controladas.

La elevada ingesta de sal se asocia igualmente con una mayor mortalidad cardiovascular. La restricción en el consumo de sal previene la aparición de HTA en sujetos obesos normotensos, y reduce las cifras de PA en pacientes hipertensos. Dicha reducción tensional es más intensa en los pacientes de edad más avanzada, en hipertensos graves y en los de raza afroamericana, poblaciones todas ellas con una elevada prevalencia de sensibilidad a la sal.

El efecto antihipertensivo de la restricción de sal en la dieta se añade al de otras modificaciones dietéticas o a la restricción calórica. Además, potencia el mecanismo de acción de la mayoría de los fármacos antihipertensivos (IECA, ARAII, betabloqueantes) y previene la hipopotasemia inducida por diuréticos.

Todos los pacientes con hipertensión arterial e individuos con PA normal alta deben recibir consejo para reducir el consumo de sal hasta 5g/día. Dicha reducción se logra evitando alimentos con elevado contenido en sal, la llamada sal oculta, disminuyendo la adición de sal en la cocción de los alimentos y eliminando la sal de la mesa. Debe, además, advertirse a los sujetos de la elevada cantidad de sal que contienen alimentos envasados y precocinados, así como los menús habituales de comida rápida. En la tabla II se recogen alimentos comunes con diferentes proporciones de sal.

Además, existen una serie de situaciones clínicas asociadas a la HTA, como son insuficiencia cardiaca congestiva y la enfermedad renal crónica especialmente en presencia de proteinuria, en las que la restricción de la sal es parte fundamental del tratamiento.

En la insuficiencia cardiaca congestiva, la reducción de sal mejora la sintomatología clínica, reduce la incidencia de episodios de descompensación y la tasa de hospitalización; aunque no hay evidencias inequívocas de que aumente la supervivencia.

Del mismo modo, en pacientes con enfermedad renal crónica con proteinuria la restricción de sal reduce la proteinuria y la velocidad de progresión hacia la insuficiencia renal terminal.

Por último, cabe mencionar la interacción que la ingesta de sal tiene en la actividad de los fármacos antihipertensivos. La restricción salina como medida coadyuvante a la terapéutica farmacológica permite una disminución de las dosis y del número de fármacos necesarios para el correcto control de presión. Esta medida potencia la eficacia antihipertensiva farmacológica, pues los fármacos pierden eficacia cuando el paciente ingiere sal en exceso debido al exceso de volumen.

Del mismo modo, este hecho puede revestir especial importancia por cuanto algunos de los efectos indeseables de los antihipertensivos también dependen de la ingesta de sal; tal es el caso de la hipokaliemia inducida por diuréticos. De este modo, la restricción salina podría disminuir la incidencia de efectos secundarios y mejorar la eficacia de los fármacos.

Cabe matizar que este último concepto no es aplicable a todos los medicamentos y se ha podido comprobar que los calcioantagonistas no requieren de tal restricción para conseguir su máximo efecto antihipertensivo, aunque siempre es aconsejable una restricción moderada.

Reducción del consumo excesivo de alcohol
Existe una relación epidemiológica directa entre el consumo de alcohol, las cifras de presión y la prevalencia de hipertensión arterial. Dicha relación no es completamente lineal, de forma que la incidencia de HTA se incrementa con dosis de etanol a partir de 210 g/semana (30 g/día) en los hombres y a partir de 140 g/semana (20 g/día) en las mujeres o en los sujetos de raza negra. Además, el consumo excesivo puntual, intoxicaciones etílicas, se ha asociado de forma especial con la mortalidad por ictus.

La moderación del consumo de alcohol o su cese reduce las cifras de PA en hipertensos bebedores. La media de reducción es de 3/2 mmHg, aunque en sujetos con un consumo muy elevado dicha reducción puede ser de mayor magnitud. Por el contrario, existen mas dudas respecto a que el consumo de alcohol en cantidades moderadas reduce el riesgo de infarto de miocardio y de mortalidad cardiovascular, ya que no existen estudios específicos de intervención que hayan demostrado de forma inequívoca dicha asociación.

Con respecto al consumo de alcohol, la recomendación general para los pacientes con hipertensión arterial debe ser la siguiente:

1) A los hipertensos abstemios debe recomendarse que se mantengan abstemios. Aunque el consumo moderado de alcohol pueda tener un efecto protector sobre la enfermedad cardiovascular, el inicio en su consumo puede motivar la dependencia en un porcentaje no desdeñable y aumento de la mortalidad por otras causas, especialmente por accidentes de tráfico.

2) A los hipertensos bebedores se les debe aconsejar la reducción del consumo a cifras inferiores a 210 g/semanales (30 g/diarios), en los varones y a 140 g/semanales (20 g/diarios) en las mujeres y sujetos de raza negra. Los hipertensos con dependencia de alcohol o con otras enfermedades asociadas a dicho consumo deben recibir consejo para abandonar dicho hábito.

Otras modificaciones dietéticas
La adopción de un hábito dietético consistente en un incremento del consumo de frutas y verduras, así como de productos lácteos desnatados y la reducción del consumo de carnes rojas, la llamada dieta DASH (Dietary Approaches to Stop Hypertension), tiene un efecto antihipertensivo notable en el contexto de la dieta típica americana. No obstante, estos resultados son difíciles de extrapolar a nuestro medio, donde los hábitos dietéticos son claramente distintos.

En cualquier caso, la dieta DASH tiene bastantes similitudes con la dieta mediterránea, fundamentalmente por el consumo elevado de frutas y verduras y la sustitución de gran parte de la carne por pescado. Aunque no está probado que la dieta mediterránea tenga efecto sobre las cifras de PA, sí que se ha asociado su consumo con una menor incidencia de ECV, por lo que debe aconsejarse a toda la población hipertensa.

Otras modificaciones dietéticas como el consumo de ajo o la utilización de suplementos de calcio, magnesio, potasio, hierbas medicinales, soja o fitosteroles no tienen una eficacia antihipertensiva probada.

Por Rafael Carmena Rodríguez (Servicio de Endocrinología, Hospital Clínico Universitario, INCLIVA,Valencia y CIBERdem, Instituto de Salud Carlos III) y Josep Redon i Mas (Servicio de Medicina Interna, Hospital Clínico Universitario, INCLIVA,Valencia y CIBERobn, Instituto de Salud Carlos III)