El envejecimiento de nuestra sociedad es evidente. Según datos del informe de Proyección de la Población Mundial de la ONU (2017), en el año 2050 habrá 2100 personas mayores de 60 años (frente a los 500 millones de personas mayores de esta edad que había en 1990). En España, la esperanza de vida ha aumentado desde principios de los años 90 entre 5 y 7 años.

2012 fue el Año Europeo del Envejecimiento Activo y la Solidaridad Intergeneracional, en el que se visibilizó el reto de afrontar la mejora de las oportunidades para envejecer activamente y vivir de forma autónoma, actuando en ámbitos como el empleo, la sanidad, los servicios sociales, la formación de adultos, el voluntariado, la vivienda, los servicios informáticos o el transporte. Se pretendía concienciar tanto sobre los problemas de este grupo de edad como sobre las posibles maneras de abordarlos. Pero, especialmente, se buscaba motivar a los responsables políticos de cada país miembro a establecer objetivos y líneas de trabajo en pro del envejecimiento activo y la mejora de la calidad de vida en la vejez.

El envejecimiento activo permite mantener nuestras capacidades durante el mayor tiempo posible, fomentando la autonomía e independencia personal.

 El proceso de envejecer conlleva numerosos cambios físicos y psicológicos que percibimos de diferente manera en función de variables como nuestra personalidad, salud, nuestras relaciones sociales o las expectativas que hayamos puesto sobre cómo queremos vivir esta etapa. La Organización Mundial de la Salud define el envejecimiento activo como “el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen. (…) Permite a las personas realizar su potencial de bienestar físico, social y mental a lo largo de todo su ciclo vital y participar en la sociedad de acuerdo con sus necesidades, deseos y capacidades, mientras que les proporciona protección, seguridad y cuidados adecuados cuando necesitan asistencia”.

Se concibe el envejecimiento desde un punto de vista global como la participación de la población mayor (de más de 65 años) en la vida social, económica y cultural de su comunidad pues, si bien merma con la edad el rendimiento físico en tareas que requieren velocidad y/o resistencia, se compensa esta dificultad con experiencia y conocimiento para abordar las cuestiones que se presentan en el día a día. Por tanto, para considerar el proceso de envejecimiento como “activo” es necesario tener en cuenta cuatro aspectos fundamentales:

Salud (física y psíquica)
Capacidad de aprendizaje durante toda la vida
Participación en la sociedad
Entornos seguros
Se debe entender esta etapa de la vida como un proceso positivo, en el que las personas mayores suponen un pilar básico de nuestra sociedad con mucho que aportar. El envejecimiento activo, considerado como una estrategia no farmacológica para envejecer de forma saludable ganando en calidad de vida, presenta, entre otros efectos beneficiosos, una influencia positiva tanto en variables biológicas como en aspectos psicosociales de las personas de edad avanzada.

Tanto es así, que se ha observado que la actividad física y psíquica regular en la vejez ayuda, por un lado, a la prevención de factores de riesgo asociados a enfermedades cardiovasculares (como el aneurisma o el infarto agudo de miocardio), a la funcionalidad física, favoreciendo el fortalecimiento muscular. Por otro lado, también se han observado efectos positivos sobre la salud mental puesto que favorece el mantenimiento de la función cognitiva, ayuda a la percepción de autoeficacia y mejora la autoestima, disminuye la incidencia de patologías como la depresión y la ansiedad y contribuye a la integración social, ya que incrementa las relaciones sociales tanto con iguales como con otros grupos de edad.

Es decir, a través de un envejecimiento activo se favorece una buena calidad de vida evitando los riesgos que conllevan el sedentarismo y la apatía, como:

Mayor presencia y peor pronóstico de enfermedades cardiovasculares
Aumento de la probabilidad de padecer trastornos del estado de ánimo como la depresión.
Pérdida progresiva de habilidades físicas que limitan las actividades básicas de la vida diaria como asearse, vestirse,…
Riesgo de aislamiento social.
Teniendo claro lo anterior, ¿qué podemos hacer si deseamos tener una mejor calidad de vida en la vejez?

Llevar un estilo de vida saludable: ejercicio físico moderado y regular, alimentación sana, controles médicos y de enfermería periódicos.
Ejercitar nuestra capacidad cognitiva: el reto de aprender cosas nuevas, por ejemplo, a utilizar un nuevo modelo de teléfono móvil, hacer uso de las nuevas tecnologías (tablet, ordenador, etc.), navegar en la red para buscar información que nos resulte interesante, compartir información con otras personas, organizar actividades significativas (tareas de economía doméstica, gestiones diarias en el banco, el correo, el ayuntamiento, el supermercado…). Es fundamental mantenernos a pleno rendimiento intelectual, entrenando a diario nuestras habilidades mentales.
Fomentar las relaciones sociales: participando en programas de voluntariado, colaborando con asociaciones de tercera edad, viajando con los programas especialmente diseñados para disfrutar en esta etapa de la vida, participando en las iniciativas culturales de nuestro entorno, etc.
Mantener una actividad diaria regular: comprar el pan, leer la Prensa, hacer la compra, mantener un pequeño huerto o jardín, pasear,…
Se trata de acciones sencillas que contribuyen a retrasar los efectos del envejecimiento encontrándose una relación positiva entre la vida activa en la vejez y la sensación de bienestar percibido por la persona mayor. El objetivo está claro: mantener nuestras capacidades durante el mayor tiempo posible fomentando la autonomía e independencia y garantizando la calidad de vida que tanto deseamos.


Un artículo de Catalina Casimiro Cruz,
Psicóloga, Máster en Psicología y Gestión Familiar
Experta Universitaria en Gestión de Centros de Servicios Sociales y de Tercera Edad
Experta Universitaria en Autonomía, Dependencia y Discapacidad
Tesorera de la Asociación Española de Psicogerontología